El abuelo de la calle

Todo empezó una mañana que un niño llamado Cristopher se le cayó la pelota al jardín de su vecino del frente. Corrió hacia la casa cuando de repente, ¡¡Baaaaaa!!, ¿quién osa interrumpir mi siesta?, el niño muy asombrado le dijo: perdóneme señor no quería molestarle. Al señor le dio igual, sacó un cuchillo y ¡zazaas!, le rompió la pelota al crió. Una mujer que regaba las plantas muy tranquilamente vio la situación pero no intervino.

El niño muy triste fue corriendo con su madre pero le cogió tanto miedo al viejo que no le contó lo que había pasado, una noche a la una y media de la madrugada el niño se quedó solo en su casa y llamó a sus compañeros para vengarse del señor.

Los amigos creyeron que el niño estaba tramando una broma por lo cual no le hicieron caso. Muy decidido fue al teléfono fijo que tenía detrás de la puerta pero antes de llamar se oyó una voz muy grave que decía: me da igual tus venganzas niño tonto, no le tengo miedo a nada ni a nadie. El niño contestó que le daba igual.

Se oyó una voz muy grave, el muchacho muy decidido corrió a su casa, cuando antes de tocar la puerta la señora que le observó el día del incidente le dijo: no vale la pena vengarse del viejo Diego, a ese señor se le murieron los hijos nada más nacer, por eso odia a los niños de tu edad. El chico respondió que tenía que aprender a respetar, a ser feliz y no ser tan injusto con los niños.

La señora se echó a reír,  -eres el único niño que no le teme a ese hombre-, el muchacho se lo pensó dos veces y se fue a su casa.

A la noche siguiente Cristopher quería espiar la casa del viejo, cogió su linterna y una navaja y fue rumbo a espiar. Miró la primera ventana pero estaba todo oscuro, miró la siguiente pero nada y parecía que el viejo estaba durmiendo, miro la última ventana y se vio un sillón rojo pálido que se movía de un lado a otro y se veía un poco la cabeza.

El muchacho pensó  que el señor estaba echándose una siesta y tocó la ventana pero el viejo no respondía. Se oyó un ruido muy fuerte y el niño se asustó y cayó por un hoyo y llegó al sótano de la casa. La casa estaba vieja, tenía polvo, habían telas de arañas. De repente, el señor Diego le dijo -¿Qué haces aquí otra vez?-.

Cristopher contestó que no te tenía miedo y que venía a recuperar su pelota rajada. El señor respondió -¡no me gustan los niños!, es más, ¡odio a las niños!-.

El niño con cara de asustado le replicó – que no tengas hijos porque hayan fallecido  no quiere decir que todos los niños seamos malos-.

Desde ese día, el viejo empezó a cambiar, fue noble, bueno y generoso con los niños, incluso montó un parque en su jardín para los más pequeños. Todos los niños empezaron a quererlo y a darle mucho cariño tratando, al viejo Diego, como el abuelo de la calle.

 Ruth González Martín

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El Chupacabras

El chupacabras fue visto por primera vez en E.E.U. U.  en 1960. Fue descubierto por Johan Smiffer. Lo descubrió al verlo matando a una mujer americana. Según Esmíffer ese animal dejó una marca rara en el cuello de la joven,  se dice que le chupó la sangre. Varios científicos han estado analizando el cadáver de la joven y no había huellas de ningún tipo. Aunque tenía mordeduras no había rastro de que le hubieran chupado la sangre.

Un día salieron unos cuantos chupacabras y hubo un ataque, la gente huía, algunos con bastones, otros con niños en brazo, heridos, etc. Llamaron a la policía, cuando llegaron empezaron  a disparar a los chupacabras pero las balas no les hacían nada, entonces llamaron a los militares pero tampoco les hacían nada sus balas. Un chupacabras se metió en el coche de la policía y un militar disparó al coche con un lanzamisiles y… ¡lo mató!

Entonces llamó para pedir refuerzos, empezaron a llegar un montón de tanques de guerra y empezaron a disparar con el cañón a todos los chupacabras. Solo el jefe escapó por que era más resistente.  Actualmente no se ha vuelto a ver ninguno pero la gente sigue horrorizada por lo ocurrido y se sigue contando esta historia por todo el mundo.

                                                                                                                                                                                                                                           Nauzet González Hernández

Las Vacaciones de Sergio

Erase una vez un niño llamado Sergio. Él era de estura baja, flaco y tenía el pelo marrón. Era ingenuo y valiente.

Cuando acabara su colegio empezarían sus ansiadas vacaciones. Tendría todo el tiempo del mundo para hacer lo quisiera y podría estar separado de su odiosa hermana porque iba a estar en casa de su abuela, y así ver a sus primos pequeños.

Cuando se acabaron las clases, lo primero que hizo fue darle un abrazo a su abuela porque la había echado mucho de menos, estaba muy contento. Luego fue a jugar con sus dos primos un poquito revoltosos y estuvo con ellos hasta la hora de comer. Después se hizo de noche y se acostó a dormir.

A la mañana siguiente fue a la Barranquera porque tenía un pequeño apartamento y así fue todo su maravilloso verano.

Raúl Luis Afonso Dorta

El tesoro perdido

Érase una vez un gato y un loro abandonados que se odiaban a muerte. Un día el gato encontró un mapa y decidió dárselo al loro para que lo leyera. Cuando lo leyó un mono se lo robó para coger el tesoro antes que ellos.

El gato lo oía adentrándose en un bosque que tenía un aroma a rosas y a la vez le transmitía paz hasta que llegaron a un lago puro y limpio. El mono los atacó por la espalda y los lanzó al lago. El loro se puso a buscar el tesoro mientras el gato luchaba contra el mono y el loro se topó con el guardián una piraña gigante. El mono retrocedió y se cayó al lago. Y el loro salió en ese momento y la piraña pensó que era una ofrenda y les dio el tesoro.

Jaume Izquierdo Pérez

 

El Mercader y los monos

Una mañana como siempre en Hawaii, un mercader vendía sombreros. Él estaba muy contento con su negocio. Todas las mañanas iba a la playa a ver si alguien le compraba algún sombrero. Llegó un día que vendió cuatro sombreros. Se sentó al lado de una palmera y…… ¡No había sombreros! El mercader se puso a buscar por todos sus alrededores a ver quién se podía a ver quitado. De repente oyó a unos monos muy divertidos y en cuanto los vio pensó:

-¿Por qué me han quitado los sombreros?

Los monos se rieron y siguieron divirtiéndose.

A los cinco minutos, el mercader les dijo a los monos:

-¡Oye monos!, ¿que tal si hacemos un trato?

Los monos contestaron:

Vale. ¿Pero qué trato es?

-Es muy sencillo. Tú me das lo cocos de la palmera y yo te doy los sombreros.

Los monos lo aceptaron, y así se llevaron muy bien, también se fueron a vivir juntos. El mercader le hacía todos los días la comida y finalmente los monos y el mercader fueron muy amigos.

Juan Abraham Ramos Galván

 

El verano de Grillo, el perro

Este verano Grillo un perro de La Palma quiso recorrerse toda su isla, ¡Huy perdón, no sé los he presentado! Era de tamaño mediano, era negro como la noche. Sus ojos eran color miel recién salida de hacer y sus patas eran alargadas. Todos los días iba a la huerta saltar por las patatas.

Pues comenzó su viaje, primero fue al monte, brincaba por todos los sitios, ahí casi se cae por un barranco. Estaba oscureciendo  tendría que buscar un sitio donde acostarse y que estuviese seguro. Se acostó. Cuando se despertó no estaba en el mismo lugar. ¡Estaba en la playa de Los Cancajos!,  ¿quién lo habría llevado hasta allí? Bueno, si ya estaba allí podría darse un baño.

Después de bañarse se fue a su casa, allí jugó con sus amigos gatunos, se bañó y se durmió porque estaba muy cansado de caminar tanto porque su casa estaba bastante lejos de Los Cancajos.

Meidi Arnold Martín

El Infinito Despertar

Dormí y dormí y al despertar la casa estaba al revés, intentaba creer que era una pesadilla.

Pero al entrar en la cocina vi una luz capaz de ofuscar a un gato.

Creía que era un sueño que llegaba a su fin.

Pero al contemplarla mis ojos, mi rostro quede atrapado en un tornado de confusión interminable.

Mi cabeza era una bomba de relojería a punto de estallar.

 Yo estaba creyendo aun que el sueño iba a llegar a su fin.

Reflexionar era lo único que podía hacer.

De pronto desperté en un desierto

¿Qué  estaba pasando?

Mi cara entristecida no superaba mi hambre de pozo sin fondo.

 Al volver a despertar me encontré en mi habitación.

Miré a mi alrededor solo estaba yo .

Sería un sueño.

Miré asustado hacia arriba y a los lados.

Solo quedaba un sitio por mirar:

El sótano quién sabe que me esperaría en aquel tenebroso lugar.

De repente, algún extraño ser se avalanzó sobre mí.

Y desde ese momento la puerta se cerró.

Lo último que vi fue la chapa de mi pobre perro Eskippi.